miércoles, octubre 19, 2011

Pronto saldrás




Se preguntaba por qué la tenían desde el momento de su nacimiento encerrada en lo alto de la torre, por qué nadie se manifestaba antes ella como sus padres o alguien con un cierto parentesco de genes.
Todos los años anteriores se había conformado con existir día tras día y entreteniéndose buscando y explotando al límite de las cosas que podía hacer, pero más no preocupándose por cómo salir de allí. Pero algo que no podía ocultar eran sus ganas por conocer el mundo cómo era, con su luz, con sus olores y ver todos los animales que había.
-          Señorita, tal vez le convenga arrimarse a la puerta.- Susurró Libertad con una voz ronca.
-          ¿A qué se refiere Libertad?
-          Le tengo que contar algo señorita…- Libertad dejó caer lentamente el tono de su voz hasta convertirla en pequeños soplos de aire que salían casi sin querer formar palabras expuestas a las ondas sonoras.- Comenzará su entrenamiento señorita.
Violeta quedó anonadada, sus piernas se debilitaron casi al instante y quedó expuesta al frío suelto. Sus piernas estaban expuestas al resquebrajado suelo y se vio rodeada de pequeños ratoncitos que se posaban en sus delgadas piernas.
-          ¿Qué has dicho Libertad?- Violeta cogió aire y se cogió las piernas con las dos manos, tratando de parar el temblor de éstas.
-          Que comienza su entrenamiento señorita, el encierro poco va a acabar – Un silencio se impuso de repente, pero siguió con una voz desquebrajada- Será un entrenamiento largo, pero poco a poco lo lograremos.
-          ¿A qué se debe esto? Necesito explicaciones, tengo muchas preguntas.
-          Habrá tiempo para todo, sólo tiene que saber que esta decisión es porque pronto cumplirás la mayoría de edad.
-          Según las líneas trazadas en mi pared son 18 años los que cumpliré…
-          Así es señorita, veo que las matemáticas las pude transmitir bien a través de este muro que nos separa- Libertad puso su mano completamente en la puerta de madera – Mañana vendré otra vez 



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viernes, octubre 14, 2011

Dime, ¿Quién eres?



Los coches iban lentos a consecuencia de la lluvia, y todos iban formando líneas más o menos paralelas. Nadie incordiaba al otro conductor con bocinas o gritos desesperados, todos sabían lo que una lluvia así de espesa traía en Florida. Vientos, lluvia y algún que otro tornado era un cóctel que se tomaba a sorbos largos y casi sin respirar y sin pronunciar palabra alguna de queja, ya sabían cómo era el clima allí.

-          ¿Dónde me llevas? Nos estamos alejando un poco del centro de la ciudad. Hay muchos restaurantes buenos en la ciudad ¿Lo sabes no? – Melinda vio los letreros de la carretera, y no le sonaba esa avenida, por lo tanto no tenía ni idea de dónde estaban, cosa que no le gustó.- Oye, eres un desconocido para mí, será mejor que me digas a dónde vamos  o me bajo ahora mismo el coche.
-          No te bajarías en un coche en marcha.
-          Hablo enserio. Dime John, ¿Dónde vamos?
-          A mi casa. – La voz de John parecía un poco familiar, amable y real. Le inspiraba una rara confianza y una sensación extraña; como si lo conociera de toda la vida.
-          Espera… ¿Cómo que a tu casa? ¿Hablas enserio? ¡Llévame a mi casa ya!- Melinda cogió su bolso y lo miró. La música se paró en seco, el disco junto a las canciones había llegado a su fin. Los truenos de fondo le dieron a la escena un toque de miedo y pánico mezclado con ganas de salir corriendo.

Melinda se sintió confundida, aunque a decir verdad no se imaginaba a John como el malo de una película de miedo de esos que secuestran a jóvenes y luego las dejan a mitad de la carretera. Lo miraba y sentía aún esas ganas de rozar su cuello con sus labios y tal vez, llegar hasta su boca y absorber el aroma que éstos soltaran. Pero al pensar que la llevaba a un sitio que no se debe llevar a una chica desconocida, su casa, era algo que la hacía poner histérica.

-          ¡Joder John, existen restaurantes! – Melinda le gritó dándole pequeños golpes secos en el brazo derecho. – Llévame a uno, si es que quieres mejorar mi cumpleaños.
-          No Melinda, mi casa.

Melinda se rindió. Se cruzó de brazos y suspiró tres veces antes de soltar de nuevo un aire caliente, tratando de alejar ese mal humor que le recorría por sus venas.



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