Es mejor que te mantengas al margen de mi vestido largo y de mi cintura apretada y secuestrada por un corsé. Es mejor que te bañes en un río frío, helado por el fuerte invierno y así tus ganas producidas por mis pechos descubiertos en tu imaginación se vayan con la corriente.
- ¿En qué piensas? – Ruth se sienta al borde de las escaleras con dirección a la biblioteca y deja de pensar en las posibles cosas que le iba a decir.- Dime por favor, ¿Qué piensas?- Tom seguía insistiendo sin entender el comportamiento de su dama, o por lo menos así era como él la llamaba.
- Pensaba que eres un impertinente y que esta biblioteca algún día tendrá tantos libros, que los míos estarán en un sitio privilegiado. – Ruth cogió su vestido con sus dos manos y salió dando pasos largos hacía el jardín.
- Tal vez no seas buena para mí.- Dijo Tom dejándose llevar por su enfado y frustración. Tal vez esos pechos, esos labios carnoso y ese tobillo que no tenía por qué haber visto un verano a los 15 años, le había bastado para enamorarse y experimentar lo que decían en los libros censurados por dar mucho placer entre líneas.
Ruth paró en seco, y sintió como sus manos sacudían levemente su vestido lleno de pequeñas flores blancas. De pronto todo se había puesto más verde, las flores florecían y las gallinas ponían huevos. Pero sin embargo ella se había detenido, como si el aire que entraba a su cuerpo no le purificara ninguna célula de su cuerpo, como si la sangre que le recorría su cuerpo no transporta oxígeno. Había escuchado algo que trataba de borrarlo de su mente, de las entradas de sus oídos, de su corazón. Tal vez había deseado que la odiara, y que la dejara en paz. Tal vez y sólo tal vez, quería que de una vez por todas se diera cuenta que en sus años, en su época y en su situación, dos hermanos no podían tener una relación.
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