jueves, mayo 05, 2011

Mañanas dulces


Chloé se levantó un poco tambaleando de la cama desecha y con olor a manzana. Manzana que la noche anterior se había camuflado entre pliegues de sábana dobladas después que Charlie la agarrara por la espalda y la hubiera desnudado en un abrir y bajar de pestañas al borde de la cama. Se giró, y ahí estaba él, durmiendo como un ángel, como un pequeño sol. Sintió un poco de nostalgia por dejarlo ahí durmiendo, solo; entre sábanas blancas susurrando una caída libre al pecho de su amado. Pero no lo quería despertar, quería hacer algo antes de ver sus dulces ojos brillar. Salió dando pequeños brincos sobre el suelo frío. El suelo no estaba totalmente desolado, habían unos CD’s tirados por el suelo, algo que le dio rabia al pisar uno de ellos y hacerlo añicos. Un CD’s poco importante a su suerte. El día estaba soleado, pocas nubes y pájaros cantando en lo alto de una montaña. Pájaros que se imaginaba, porque sólo se escuchaban los sonidos de los coches y las voces altas de personas de pisos contiguos. Sacó unas naranjas de la nevera, y se dispuso a exprimirlas. Pensó en que tal vez cuando se casaran necesitarían un exprimidor, porque cada mañana haciendo ejercicio medio dormida no era una buena idea. El sonido de unos pies arrastrándose por el suelo la sobresaltó. Ese olor, ese Buenos días amor, le sonaba como un canto para sus sentidos. Un abrazo inesperado por la espalda, le sacó la primera sonrisa de la mañana.

-          ¡Ya me he acostumbrado a esto amor! – Chloé se giró y le dio un beso en sus labios.
-          Espero que no te canses, porque nos queda toda una vida juntos love. – Charlie la abrazó con fuerza.

miércoles, mayo 04, 2011

¿Tal vez un ángel caído?


Y es que sus ojos azules como el mar le hacían sentir en las nubes. La forma de sus labios carnosos le hacía desear besarla y morderle el labio inferior. Para él era como una diosa, tanto así que le daba miedo hacerle daño. Su piel de blanco porcelana le hacía imaginar a unas muñequitas que de pequeño había visto en el cuarto de su madre, ahí, encima de la mesa de noche. Sus dedos delgados y sus uñas decoradas con pequeñas rosas de color lila con un punto brillante en el medio le daba a entender lo vanidosa que podía llegar a ser. Dulce joven que corría en el bosque queriendo desaparecer del alcance de su vista sólo para que la persiguiera y le diera un regalo, que se convertía en un beso apasionado; sin ningún tipo de atadura, sin ningún tipo de control. Su voz cantaba junto con los pájaros, y sus caderas se movían al compás del viento. Un día mientras lo llamaba al otro lado del río pensó que todo era una imaginación suya, que tal hermosura no podía existir. ¿Tal vez un ángel caído?- pensó. Pero ya estaba demasiado encaprichado, como para renunciar a su amor.