miércoles, agosto 10, 2011

Latidos de vivir



Suspiró. Cogió aire. Sus latidos eran cada vez más débiles, con menos intensidad y ya no decían “nosotros podemos seguir” sino que se comenzaban a rendir. Su mirada aún perdida y pensando en cada una de las cosas que pudo haber hecho pero no hizo, en los labios que pudo haber besado pero no lo había hecho, en las camas que pudo haber desecho pero no lo hizo y de los muchos coches últimos modelos que había negado subirse en ellos. Sabía que la fama lo era todo, sabía que su cuerpo era algo más que un estuche, algo más que una imagen, pero eso no importaba. Ya nada importaba. La luz entraba lentamente por la puerta, debían de ser las cinco de la madrugada y ella aún con su mejilla congelada por el frío suelo no podía mover ni un solo dedo de sus manos. Seguía con miedo en su garganta, con temblor en sus piernas y con desespero en sus latidos. Lamentaba no haber tenido nunca una persona que la ayudara, ni un… ni alguien que la alimentara. Su cuerpo delgado como una rama del árbol más viejo, una rama débil y que iba perdiendo corteza poco a poco, eso era ella. Por eso siempre abrazaba árboles, reía en parques y lloraba en la cama que se le clavaba su anatomía. – Otra vez- susurró. El dolor de pecho la llevó a arrastrarse por todo el piso, a aullar como un lobo y  a temblar como en la mayor de las tormentas de nieve. Deseaba tener algo de dulce para poder calmar ese dolor, pero era inevitable sentirlo después de diez días sin probar ninguna sustancia energética, que algunos resumían como comida.

Preguntas : Formspring

lunes, agosto 01, 2011

Un conjunto, un cuerpo y dos almas (III)




Recordaba una noche de pequeños, cuando jugaban a contar historias. Ella estaba sentada en un tallo de un árbol cortado y él en el suelo jugando con la hierba seca. Ese día se vieron luces, luces verdes fosforescentes. Caroline decía que eran hadas, él creía que eran las almas de las personas que morían. Tomás siempre decía que cuando él muriera, sería como una luciérnaga, alumbraría sólo y para las personas que él de verdad amara.
Y allí estaban, decenas de luciérnagas brillando. Caroline deseaba que se volviera de noche, para poder contemplar su brillo. Pero no se hizo de noche, y la vida continuó. Todos salieron en coches negros, pero ella se quedó allí, sentada al borde de una tumba de alguien que ella sabía que no estaba muerto, que estaba con ella en algún lugar. Siempre estaría de pensamiento, de alma, de corazón con ella.

Caroline deseaba tener alas y unirse a las luciérnagas en el baile por el cielo. Pero sabía también que las hembras no poseían de éstas, así que se conformaba con brillar con la misma intensidad. Caroline ahora, al día 14 de febrero del 2011 seguía acordándose de él, seguía con sus fotografías colgadas en cuadros hechos por ella misma. Aunque en el presente tuviera un hombre que la amaba, ella no era feliz, ella seguía ahogando llantos en la madrugada. Cada sábado en la noche se iba a contemplar las luciérnagas, y a contarle su semana a Tomás, no sabía si las luciérnagas pudieran escuchar, pero le encantaba poderle contar todas las cosas que le pasaban a ella, y lo que estaba pasando en el mundo. Y así vive un amor para siempre, en un corazón limpio, en un alma triste por perderlo, pero alegre porque seguía con ella brillando intensamente, así como había brillado desde el momento de conocerse.

Preguntas : Formspring